Moneda
Carrito de compra

10 razones para consumir productos ecológicos

10 razones para consumir productos ecológicos

Los alimentos ecológicos se distinguen principalmente de los convencionales porque en su producción no se han utilizado químicos y en consecuencia, son respetuosos con la naturaleza y con la salud de las personas.

Saludables, nutritivos, con las máximas garantías de calidad,… Los incuestionables beneficios que ofrecen han provocado el progresivo aumento de su consumo por parte de un porcentaje cada vez más importante de la población que apuesta por los productos ecológicos para comer aún más sano, cuidar el planeta y por otros muchos motivos éticos, sociales y medioambientales.

España es ya un gran consumidor de productos bio - de hecho, está entre los 10 primeros consumidores de alimentos ecológicos- y por lo que respecta a su producción, está a la cabeza de Europa y en los primeros puestos mundiales.

Comer eco está de moda, es cierto, pero esta tendencia también tiene mucho que ver con la conciencia de los consumidores y la relación que queremos tener con el mundo que nos rodea.

En este artículo te damos muy buenas razones para consumir productos ecológicos.

NADA DE ADITIVOS

Los alimentos ecológicos están más próximos al origen ya que en su producción no se han incorporado aditivos de síntesis para modificar su sabor, su aspecto, su color o para prolongar su conservación.

Muchos de estos aditivos se relacionan con alergias e intolerancias alimentarias, que cada vez son más frecuentes entre los niños y la población joven.

La normativa es muy estricta en cuanto a los aditivos que pueden contener los alimentos ecológicos: solo unos pocos de los cientos que se utilizan en la producción de alimentos convencionales están admitidos y además, en proporción muy inferior.

Por ejemplo, los fosfatos en todas sus formas (ácido fosfórico y sus sales derivadas) se agrupan bajo los códigos E-338 y E- 452 y los podemos encontrar en casi la totalidad de los alimentos procesados: salchichas, embutidos, carnes, platos precocinados…

El fósforo se encuentra de manera natural en muchos alimentos y es necesario en una dieta completa para garantizar la salud de nuestros huesos o en la fabricación de proteínas. Pero basta una cantidad mínima, nunca superior a 700 miligramos diarios. Además, nuestro gastro intestinal solo es capaz de asimilar entre el 40 y el 60% del fósforo que está presente en los alimentos de forma natural.

Cuando incorporamos a nuestra dieta muchos alimentos precocinados, el aporte de fósforo puede superar los 3 gramos diarios. El problema se agrava por el hecho de que los fosfatos añadidos artificialmente, al no estar unidos a otras moléculas, son absorbidos por nuestro gastro intestinal de manera mucho más eficiente (hasta el 90%).

Las consecuencias para la salud son muy negativas, pues la acumulación de fosfatos provoca daño vascular y como consecuencia, aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardíacas. También provoca insuficiencias renales ya que los riñones tienen dificultades para eliminarlo a través de la orina.

Afortunadamente no está permitido añadir fosfatos a los productos ecológicos.

¿Y qué hay de los nitratos?

Uno de los métodos de conservación más antiguos conocido por el hombre fue el curado, una técnica basada en el uso de cloruro sódico y sales nitrificantes (nitratos y nitritos). De manera empírica hace miles de años nuestros antepasados descubrieron que añadiendo a las carnes sal marina o sal gema (con impurezas de nitrato potásico) su conservación se prolongaba y su sabor mejoraba. Así nacieron embutidos y preparados que forman parte del legado gastronómico de los países europeos, cuya química y microbiología solo se comenzó a comprender a finales del siglo XIX.

El nitrito es el verdadero responsable del color característico de los embutidos, de su aroma y su sabor. Durante el proceso de secado de los embutidos, la presencia de nitrito (junto con el descenso de la cantidad de agua), inhibe el crecimiento de bacterias putrefactivas causantes del deterioro de la carne y la proliferación de patógenos como Salmonella spp., L monocytogenes, S. aureus y Clostridium botulinum.

La listeriosis es una enfermedad relativamente poco frecuente pero grave, por sus altos índices de hospitalización (91,6%) y mortalidad (17,8%). Basta recordar la crisis de la "carne mechá" desencadenada en verano de 2019.

Salmonella es la primera causa de brotes de infecciones tóxicas alimentaria en la Unión Europea.

C. botulinum puede encontrarse en los alimentos sin que estos produzcan olores desagradables u otros síntomas de deterioro. El consumo de una cantidad mínima de esta toxina puede provocar la muerte, lo que lo convierte en un microorganismo muy peligroso.

Nitratos y nitritos tienen pues un importante efecto conservador y antioxidante: al proteger a los lípidos del enranciamiento mejoran el sabor y aroma de los curados.

La presencia de nitrito, proporciona alimentos sabrosos, estables y seguros. Por ello, la legislación de la UE recoge como aditivos conservadores permitidos al nitrito potásico (E-249) y sódico (E-250) y al nitrato sódico (E-251) y potásico (E-252).

Pero hay una cara B ya que nitratos y nitritos tienen efectos toxicolgicos: al reaccionar con los aminoácidos presentes en el estómago se forman nitrosaminas, sustancias con efecto cancerígeno. Su formación se acelera con la aplicación de tratamientos térmicos (temperaturas superiores a 130 ºC), por eso resulta peligroso abusar del bacon frito o del salami o el jamón curado que se contienen en las pizzas. Las nitrosaminas también se pueden formar endógenamente en el estómago y en el intestino, a partir del nitrato y el nitrito y las aminas presentes en los alimentos, y podrían explicar la conexión entre el consumo de carnes y el cáncer colorrectal.

Al parecer la adición de solo 40-50 mg/kg de nitrito permitiría el correcto desarrollo del sabor y aroma típicos de los productos curados. Sin embargo la normativa europea admite unas cantidades máximas de hasta 250 mg/kg de nitrato en los productos de larga curación si no se añade nitrito.

El Reglamento 889/2008 sobre la producción y etiquetado de los productos ecológicos (Comisión Europea) establece unas cantidades de nitrato y nitrito de solo 80 mg/kg.

Como ves, algunos aditivos son necesarios pues se considera mayor el beneficio que provocan en aras de la seguridad del alimento, que el perjuicio que su ingesta puede provocar. Sin embargo, consumiendo alimentos ecológicos, tendrás la certeza de que solo ingieres la cantidad mínima, y no metes en tu cuerpo agentes potencialmente tóxicos de modo innecesario.

LIBRES DE PESTICIDAS Y BIOCIDAS

Si bien la legislación de la Unión Europea sobre productos químicos y plaguicidas está orientada a proteger la salud humana y el medio ambiente, esta normativa autoriza una buena cantidad de sustancias peligrosas, de origen químico que actúan como fitosanitarios y biocidas.

Uno de los más polémicos es el glifosfato, una de las sustancias más habituales en los herbicidas usados en todo el mundo. El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer, asociado a la Organización Mundial de la Salud, clasificó el glifosato como probablemente cancerígeno. Sin embargo, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) consideraba este aspecto poco probable. La Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas concluyó que no cabía clasificarlo como carcinógeno y la Comisión Europea acabó renovando la aprobación del glifosato por cinco años en diciembre de 2017. Hoy se está utilizando en la agricultura convencional.

Por otra parte, existen sustancias químicas que, debido a su resistencia a la degradación permanecen en el medio ambiente y se bioacumulan a través de la cadena trófica. Estas substancias llamadas contaminantes orgánicos persistentes (COP) pueden tener efectos nocivos para la salud humana y el medio ambiente.

La Unión Europea se ha comprometido con su control y restricción, pero estos tóxicos siguen presentes en muchos de los alimentos que se producen de modo convencional. El DDT (dicloro difenil tricloroetano), un pesticida organoclorado, fue prohibido en 1977, pero un estudio de 2006 detectó este producto en el 99% de las placentas de las mujeres que alumbraron en el Hospital Clínico de la Universidad de Granada, provando así que es persistente*.

¿Y qué hay de los plaguicidas usados en terceros países? La Comisión Europea (CE) permite a los cítricos de países terceros con destino al mercado comunitario ser tratados con una sustancia denominada acetato de guazatina cuyo uso, está prohibido en el territorio de la Unión Europea (UE).

En España a fecha de hoy (febrero de 2020) hay autorizadas 2111 referencias comerciales de productos fitosanitarios algunos cancerígenos, neurotóxicos o teratógenos (pueden dañar al feto). Según la OMS, en el mundo se utilizan más de 1000 agentes activos plaguicidas y cada uno tiene propiedades y efectos toxicológicos distintos. El mismo producto químico puede tener efectos diferentes según la dosis y la vía por la cual se produce la exposición, por ejemplo, ingestión, inhalación o inyección.

Lo cierto es que cada día se diagnostican más casos de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), fibromialgia y síndrome de fatiga crónica, causados por intoxicación por pesticidas en trabajadores agrícolas que están expuestos masivamente a estos agentes tóxicos.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) determinó en un informe de abril de 2017 que más del 97% de los alimentos de la Unión Europea analizados contenían residuos de pesticidas, aunque dentro de los límites establecidos. Los niños, nacen con ciertos niveles de estos tóxicos ya que su exposición comienza en el embarazo.

Estamos expuestos a dosis muy pequeñas, pero continuamente y su peligro radica en que muchos de ellos son bioacumulables.

Para reducir la exposición a estos químicos, nos aconsejan huir de envases plásticos en la comida, evitar la producción industrial, utilizar recipientes de vidrio o de cristal y limpiar perfectamente la fruta y la verdura.

Pero ¿es suficiente?

Si consumes productos ecológicos tienes la certeza de que no han sido tratados con fungicidas, pesticidas, biocidas ni insecticidas químicos.

Para combatir las plagas se usan productos más seguros y eficaces como el sulfato de cobre o el azufre, se alternan los cultivos, se eligen especies mejor adaptadas y más resistentes, se asocian las especies para frenar la aparición de malas hierbas y se fertiliza con compost y materia orgánica.

SIN OGM

Los organismos genéticamente modificados (OGM) son plantas, animales o microorganismos en los que el material genético (ADN) se ha alterado.

Las ventajas de los alimentos producidos a partir de organismos GM son un precio más bajo y un mayor beneficio para el productor, además de mayor resistencia contra los insectos y una mayor tolerancia a los herbicidas.

Estos alimentos se someten a evaluaciones de seguridad, en las que se valora sus efectos directos sobre la salud (toxicidad) y su potencial para provocar una reacción alérgica (alergenicidad).

Pero existe otro riesgo: la mezcla o cruce de semillas convencionales con cultivos modificados genéticamente, que pueden tener un efecto indirecto sobre la seguridad alimentaria. Se han detectado cultivos modificados genéticamente aprobados para alimentación animal o uso industrial, a bajos niveles, en productos destinados al consumo humano.

Los consumidores se cuestionan la validez de estas evaluaciones de riesgos, tanto para la salud humana como para el planeta, por sus efectos a largo plazo, aún desconocidos.

Sí intuimos, sin embargo, que la agricultura con OGM conduce inexorablemente hacia la uniformidad genética y la pérdida de biodiversidad. Los monocultivos, grandes extensiones que priorizan las variedades más rentables y productivas, acaban uniformizando el paisaje y haciendo a las economías agrarias más vulnerables, por ser dependientes de un solo cultivo.

La agricultura ecológica contribuye a salvaguardar la variedad genética y la biodiversidad y por ello no autoriza el uso de organismos genéticamente modificados (OGM).

SIN ANTIBIÓTICOS

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda dejar de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento y prevenir enfermedades en animales sanos, a fin de preservar la eficacia de los antibióticos importantes para la medicina humana, ya que su abuso y uso indebido en animales y humanos están contribuyendo al aumento de la resistencia a los antimicrobianos.

Algunos tipos de bacterias causantes de infecciones humanas graves ya son resistentes a la mayoría o a la totalidad de los tratamientos disponibles.

Desde 2006, en la Unión Europea está prohibido el uso de antibióticos para estimular el crecimiento de los animales destinados a la producción de alimentos. Pero en las explotaciones intensivas, de manera preventiva, se siguen administrando antibióticos a animales sanos, que por sus condiciones de vida, corren riesgo de contraer enfermedades.

En ganadería ecológica no está permitido administrar tratamientos veterinarios de manera preventiva. Se priorizan los tratamientos homeopáticos y si en algún caso es necesario administrar antibióticos, se establece un periodo de seguridad para que el metabolismo del animal elimine estas sustancias, evitando así que lleguen al consumidor.

ALIMENTOS LIMPIOS Y SALUDABLES

A la luz de relevantes investigaciones, resulta incuestionable que los alimentos ecológicos tienen beneficios importantes para la salud.
El Panel de Ciencia y Tecnología del Parlamento Europeo encargó un estudio liderado por Axel Mie, profesor del Instituto Karolinska de Suecia, sobre las implicaciones de los alimentos ecológicos en la salud humana. Este estudio, titulado Human health implications of organic food and organic agriculture, fue publicado en octubre de 2017 en la revista Environmental health. A su vez, recogía más de 200 investigaciones científicas sobre el tema y arrojaba las siguientes conclusiones:

La evidencia indica que el consumo de alimentos orgánicos puede reducir el riesgo de enfermedades alérgicas y de sobrepeso y obesidad, pero es probable que haya confusión residual, ya que los consumidores de alimentos orgánicos tienden a tener estilos de vida más saludables en general.

Los experimentos con animales sugieren que el crecimiento y el desarrollo se ven afectados por el tipo de alimento cuando se compara alimento compuesto idénticamente de producción orgánica o convencional.

Los residuos de pesticidas en las frutas y verduras convencionales constituyen la principal fuente de exposición humana y en la agricultura orgánica, el uso de pesticidas está restringido. Los estudios epidemiológicos han reportado efectos adversos de ciertos pesticidas en el desarrollo cognitivo de los niños en los niveles actuales de exposición [···].

La composición de nutrientes difiere solo mínimamente entre cultivos orgánicos y convencionales, con contenidos moderadamente más altos de compuestos fenólicos en frutas y verduras orgánicas. Es probable que también haya un menor contenido de cadmio en los cultivos de cereales orgánicos. Los productos lácteos orgánicos, y quizás también las carnes, tienen un mayor contenido de ácidos grasos omega-3 en comparación con los productos convencionales, aunque esta diferencia es probable que tenga una importancia nutricional marginal.
[···]
Por lo tanto, la producción de alimentos orgánicos tiene varios beneficios documentados y potenciales para la salud humana.

No contienen tóxicos, es posible que nutricionalmente sean mejores, pero se crítico y no creas todo lo que lees en Internet: ninguna fruta bio tiene un porcentaje de vitamina C superior en un 95% a una fruta convencional.

Además, no todo lo que lleva la etiqueta bio es saludable, nutritivo y equilibrado. Sé crítico y consume con cabeza. Conviene consumir alimentos lo más próximos al origen, preferentemente sin procesar, y si se compras un producto procesado, lee atentamente la etiqueta: es probable que contenga azúcares añadidos y muchos ingredientes que mejoran su sabor pero no su composición.

RESPETUOSOS CON LA NATURALEZA Y SOSTENIBLES AMBIENTALMENTE

No hacen falta estudios académicos para poner de manifiesto los beneficios ambientales de la agricultura ecológica. Basta con visitar una finca ecológica, para comprobar cómo la naturaleza recupera su vigor, su belleza y todo renace. Descubrirás muchos más insectos, mariposas y flores que en cualquier campo convencional.

El suelo gana en calidad y se regenera, la flora y la fauna se multiplican y diversifican, la ausencia de nitratos evita la contaminación de los acuíferos y manantiales, donde reaparecen especies especialmente sensibles a la contaminación...

Los cultivos ecológicos alimentan a los animales de las ganaderías ecológicas y las deyecciones de estos animales nutren los cultivos de nuevo. Se reciclan los nutrientes incorporándolos al suelo como abonos orgánicos. Plantas y animales forman parte de un sistema global que trabaja en colaboración con la naturaleza y no contra ella,  para aprovechar al máximo todo su potencial y obtener el mayor rendimiento de los recursos que ofrece.

Los abonos orgánicos y el compost, la rotación de los cultivos y prácticas como el barbecho, contribuyen a regenerar el suelo, gracias al trabajo de hongos, atrópodos y organismos descomponedores que trabajan para cerrar el círculo.

La producción ecológica respeta los ciclos naturales de los cultivos y los animales, y les da el tiempo que necesitan para convertirse en alimentos buenos y saludables para las personas.

RESPONSABLES CON EL TERRITORIO

No siempre, pero en la mayor parte de los casos, la producción ecológica responde a un modelo de producción en granjas familiares, explotaciones de pequeño tamaño o cooperativas.

En muchos casos, la actividad de estos agricultores y ganaderos, es clave en el tejido económico y social de los territorios donde se implanta. Contribuyen a la creación de empleo y a fijar la población en las zonas rurales, amenazadas por la despoblación.

Los agricultores y ganaderos que trabajan en ecológico pueden percibir un precio justo por su trabajo y sus explotaciones son a menudo más rentables que las convencionales.

GARANTÍA DE BIENESTAR DE LOS ANIMALES

La producción ganadera ecológica debe cumplir el Reglamente de la Unión Europea orientado a garantizar el bienestar de los animales en aras de una producción de mayor calidad.

En las instalaciones se respetan las necesidades fisiológicas y de desarrollo de los animales, que deben tener acceso permanente al aire libre y zonas de pasto, siempre que las condiciones atmosféricas y el estado de la tierra lo permitan.

El tiempo de crianza es más largo y la velocidad de crecimiento menor, al ritmo que marca la naturaleza.

La normativa también regula la densidad de las explotaciones, limitando el número de animales para minimizar el sobrepastoreo y el deterioro, la erosión y la contaminación del suelo.

Prácticas crueles como el atado, el aislamiento de animales o la mutilación están a priori prohibidas, y el tiempo de transporte y el sufrimiento se deben reducir al mínimo, también llegado el momento del sacrificio.

Aunque se permite la inseminación artificial se da prioridad a la reproducción del ganado mediante métodos naturales y no se permite inducirla mediante tratamientos hormonales.

El ganado se alimenta con piensos ecológicos, pero debe tener acceso permanente a pastos o forrajes. Los aminoácidos sintéticos y factores de crecimiento están prohibidos.

Una buena gestión de las cabañas ganaderas, la selección de las razas adecuadas, la calidad de los alimentos que consumen, las buenas condiciones higiénicas y una densidad apropiada a las dimensiones de cada granja, son suficientes para prevenir las enfermedades.

Las defensas inmunitarias de los animales se estimulan mediante la fitoteraia y la homeopatía, pero exigen una estrecha supervisión de los animales para reaccionar a la mayor brevedad posible en caso de necesidad. Solo una relación privilegiada entre el hombre y los animales permite esta vigilancia.

En definitiva, una buena carne es ante todo una carne que viene de un animal criado en buenas condiciones, que ha recibido una alimentación sana, natural y adaptada y que ha vivido en un ambiente adecuado y al aire libre.

Hace falta también que el animal haya sido sacrificado correctamente, con el menor estrés y sufrimiento posible. A esto habrá que añadir la experiencia y saber hacer del artesano carnicero, maestro en el arte de cortar carne.

Pero eso no es todo, hará falta que una vez en tu casa, tú eches el resto a la hora de cocinarla.

CON EL COLOR, AROMA Y SABOR DE LOS ALIMENTOS AUTÉNTICOS

Los productos ecológicos, elaborados con tiempo, respetando los ciclos de la naturaleza, tienen un gran sabor, todo el aroma y el color de un alimento auténtico.

La carne es más firme, el sabor más intenso. Unos filetes de pollo industrial, tienen una textura blanda y gomosa, que empeora en cuestión de horas y nada tiene que ver con la carne de un pollo ecológico, que permanecerá firme y compacta mucho más tiempo.

Mejores, más sabrosos, sin aditivos, químicos ni tóxicos: basta con que los pruebes y compares.

ALIMENTOS CERTIFICADOS: SU ETIQUETA GARANTIZA EL MÁXIMO NIVEL DE CALIDAD

La reglamentación europea para la agricultura ecológica garantiza la máxima calidad de estos productos, ya que todos los agentes que intervienen en la cadena de producción están sujetos al control y la inspección de las empresas y organismos acreditados: semillas, materias primas, procesos de elaboración, envasado, etiquetado, etc.

Estos controles tienen lugar al menos una vez al año y una vez superados por parte del productor, este obtiene un número de operador que debe aparecer en su etiquetado.

La etiqueta de un alimento ecológico lleva el sello de la Unión Europea junto a un código formado por las iniciales ES (España), la abreviatura ECO (ecológico), un número de 3 dígitos y las iniciales de la Comunidad Autónima donde opera el productor.

Este etiquetado es una garantía de calidad certificada en todo el territorio de la Unión Europea.

Eres libre para elegir comprar o no productos ecológicos, pero ahora tienes una opinión informada y 10 muy buenas razones para hacerlo.